Mi viaje al país de los orientales. . .

Escribe Josep Dalmau I Novials,
Amigo de Girona de visita por Uruguay

Siempre que visito un lugar, ya sea próximo o lejano, intento hacerlo con mentalidad abierta de viajero, nunca de turista.

Esto es para mí, una de las dos condiciones básicas para llegar a conocer, aunque de manera incipiente, el sitio donde te encuentras. La otra es hacerlo solo. El grupo, aunque se trate de un acompañante, te aísla del objetivo fundamental de todo viaje que es entablar conversación con los autóctonos del país; la relación con ellos compensa siempre, con creces, la aparente soledad en que te encuentras. Con estas dos premisas como bagaje en una de mis dos maletas (por suerte la no perdida por Iberia y todavía no localizada) llegué el 1 de febrero al aeropuerto Carrasco de Montevideo.

Al pisar la terminal con las ruedas (unos pisan con zapatos, otros lo hacemos con la silla, que es el medio en que nos desplazamos algunas personas P.M.R.- personas con movilidad reducida) se empezaba a hacer realidad, un proyecto iniciado un año y medio antes en Girona, Catalunya. Las 14 horas de vuelo más las 4 en los aeropuertos, querían pasar factura y el cuerpo pedía, exigía, una cama donde descansar. Mañana, una vez recuperado del cansancio y del jet lag, descubriría de manera pausada MONTEVIDEO, sus edificios, las plazas, los monumentos………y sobre todo: su gente. Pero, ahora, toca controlar las emociones, apagar la luz, dormir y reponerme. La ciudad no se iba a mover, además, yo estaba en la ciudad y la ciudad estaba en mi.

Amanece radiante un soleado día de verano en el hemisferio sur. Me encamino hacia la Avenida 18 de Julio deteniéndome a comprar el periódico, ritual que se repetiría cada día y fuerzo un breve diálogo; el kiosquero, un chico de unos 35 años, parece una persona extrovertida y curiosa. Cuando me despido, creo que lo he dejado intrigado y se ha preguntado: ¿qué hace este gallego, en silla de ruedas, por Montevideo? Durante mi estancia, en la capital del Paisito, hemos hablado largo y tendido de diversos temas; es uno de los amigos que dejo en la ciudad.

Enfilo 18 de Julio con el propósito de llegar a la plaza Matriz. Pronto percibo que el recorrido no será fácil; al final, desgraciadamente, se confirmaron mis peores presagios.¡¡ Llegué !!, claro que llegué, pero, después de superar toda una barrera de obstáculos: pavimento adoquinado en la plaza Cagancha con numerosos cristales rotos agazapados entre los adoquines, uno de los enemigos más temidos, un auténtico campo minado para las ruedas. Encuentras también los kioscos de venta de flores, revistas, recuerdos típicos….. que invaden la mitad de la acera que, en esos tramos, se convierten en cuello de botella para los peatones. Hay que mencionar las baldosas, a menudo brillan por su ausencia o están deterioradas y son de diseño diferente (un laberinto para un invidente que se desplaza orientándose con ayuda del bastón).

Las rampas de acceso suelen tener un metro de anchura, lo aconsejable sería que tuvieran la amplitud del paso de cebra, de esta manera, no serían un peligro para los peatones; seguro que a más de uno le ha fallado el pie a la hora de cruzar la calle.

Otro aspecto, de sentido común, es que no pueden tener todas la misma longitud porque, la altura a salvar, es diferente en cada caso y, por tanto, para cumplir con el porcentaje de desnivel que marca la normativa y funcional para las persona que las utilizan debe tenerse presente éste criterio sino, pasan a ser partes meramente decorativas del paisaje urbano. El tiempo y el uso las deteriora, en algunas hay grietas insalvables entre la calzada y la rampa, son auténticas ratonera si decides acceder, porque las ruedas pequeñas o bién se quedan trabadas sin posibilidad de sacarlas o sales catapultado hacia adelante como si te tiraras a la piscina. Ni se te ocurra ir por alguna de las calles trasversales que salen a tu paso, ninguna está adaptada, y las paralelas tampoco.

Sencillamente sólo te queda como opción 18 de julio y, como pude comprobar en días posteriores, no en todo su recorrido.

Por fin, llego a la Plaza Independencia. En el centro se erige una estatua ecuestre de bronce y granito al General Artigas. En la plaza hay distribuidos carteles que informan de su adaptabilidad pero, la rampa que accede a la Ciudad Vieja es muy pronunciada y lo peor, cuando estás en la calzada ves que la otra parte tiene barreras y debes transitar entre los coches hasta llegar a la peatonal Sarandi.

Mira Humberto que mentalmente me esfuerzo pero, aún no he llegado a entender la mentalidad de los técnicos que adaptan sólo una parte de la calle; uno no accede a la calzada para quedarse allí plantado y ver como los automóviles se le echan encima sino, para cruzar y continuar la marcha.

He llegado a la conclusión que ellos, con su infinito poder, piensan que son pasos milagrosos y que, cuando llegas a la otra parte, se produce el milagro y puedes prescindir de la silla.

Objetivo cumplido. Después de la odisea vivida necesito una cerveza fresca, la terraza de la cafetería La Corte, invita a ello.

Ahora en casa pienso en los lugares que no pude visitar por los impedimentos arquitectónicos. No te quepa la menor duda, amigo Humberto, la silla, las muletas o el bastón, no te imposibilitan sino que te dan libertad. Gracias a la silla yo puedo desplazarme. Lo frustrante y el sentimiento de impotencia, es decir, de sentirse INVÁLIDO te lo dan las personas que legislan, proyectan o no acondicionan la arquitectura y el urbanismo para la sociedad.

Priorizan la estética a la funcionalidad autonominándose, con masters y títulos universitarios, CAPACITADOS y, a nosotros, DISCAPACITADOS. La cosa no deja de tener su gracia, aunque sea de mal gusto pues, mientras pude visitar (sin ningún tipo de ayuda material o humana) la catedral y el teatro Solís, por ejemplo, no pude hacerlo a otros sitios; ni mi discapacidad ni el medio para desplazarme habían cambiado. La diferencia radicaba en que mientras unos son accesibles los otros no y por consecuencia, mientras en unos estaba capacitado para visitarlos, como los demás ciudadanos, en los otros me convertía en discapacitado. Pero aún hay otra situación más esquizofrénica, la experimentada en el cine/teatro Plaza de la plaza Cagancha. Allí estaba incapacitado por las barreras arquitectónicas y capacitado para asistir a la función de carnaval, como así lo confirmaba, la entrada en mi bolsillo. La situación se resolvió con la ayuda de espectadores, que esperaban para entrar, y de nuestros amigos comunes Nicolás y Vania.

Tenéis mucho trabajo por hacer (aquí, en Catalunya como en España también, aunque debe reconocerse, que se ha hecho mucho en estos años aún queda mucho camino por recorrer) por eso la visita, con Nicolás y contigo, al Congreso de Diputados en la aprobación de la modificación de los artículos de la ley de la discapacidad, fue verdaderamente emocionante y todo un honor. Considero muy importante que fuera aprobada por unanimidad de todos los representantes políticos ya que tenéis más garantías de pasar de buenas intenciones a hechos reales. Poco a poco, como se ha hecho en todas partes, con la implicación de todos los políticos, los representantes de los discapacitados y las organizaciones de la sociedad civil se empezarán a notar las mejoras.

La gente! la gente! la gente!………la gente!. Que maravillosa experiencia haberla conocida.

Desde los buenos amigos: Nicolás, Vania, Humberto, Marcelo (sus hijos Santiago y Rodri), Andrés y su hijo Lautaro, Javier y Paolo. Ellos son los artífices de todos y cada uno de los bonitos momentos vividos en tu país. Sin vuestra ayuda, comprensión y sensibilidad, no hubiera podido visitar: la fortaleza del Cerro, la feria de Tristán Narvaja, el monumento al Presidente de Catalunya Lluís Companys, asistir al Estadio Centenario y ver el partido entre el Peñarol contra Paysandú, la música celta en la Ciudad Vieja, etc. etc.

A todos y a cada uno de vosotros gracias así mismo, quiero dar las gracias, en vuestro nombre, a las personas anónimas de Montevideo que, ante cualquier dificultad acudieron solícitas a ayudarme.

Un fuerte abrazo, Josep…

Josep Dalmau es gironés, de más de sesenta años de edad y usuario de silla de ruedas desde su adolescencia, que visitó nuestro país por el período de un mes en Febrero.

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